Madrid. Entro en el dormitorio descalza, con los calzoncillos subidos hasta la mitad y el corazón latiéndome con virilidad.
Ares está de rodillas sobre la cama, con las palmas de las manos hacia abajo y la espalda baja.
La transmisión se pone en directo -el punto rojo brilla- y lo golpeo por detrás, sin calentamiento ni beso.
Cada gruñido resuena en el micrófono, cada golpe de piel resuena en los altavoces.
Lo acepta, pide más, la cámara tiembla entre nosotros.