Indriago, el venezolano, llegó con una presencia capaz de desmontar cualquier defensa. La conexión llegó demasiado rápido: empezó con la voz, se deslizó hacia la mirada y explotó cuando el cuerpo habló más alto que las palabras. A partir de ahí, se perdió el control... y el sofá se convirtió en el escenario de lo inevitable.